"Salpicada de espuma,
de salitre,
desnuda,
desde el mar viene gritando."
Gabriel Celaya
de salitre,
desnuda,
desde el mar viene gritando."
Gabriel Celaya

La palma extendida se pasea a escasos milímetros de ese pezón ya erecto, sin apenas rozarlo.
Su boca está abierta, muy abierta.
Aguanta el sonido, pero respira agitada.
La cabeza empieza a darse a ambos lados, primero lento, después más rápido.
El botón de la chaqueta cede, se abre, y la mano sigue bajando, recorriendo su piel hasta pasar por el ombligo, y llegar con destreza hasta su pantalón ajustado.
Presiona ahora sobre su sexo, aprieta, palpa, cierra ligeramente sus dedos, intentando atrapar, mientras se mueve de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba.
Está frotando, restregándose.
Vive esa sensación que la excita.
Cierra la boca, se muerde el labio inferior y se deja llevar.
La mano vuelve sobre sus pasos, y pretende introducirse entre el estrecho pantalón y su cuerpo.
No puede.

Ella encoge la barriga, pero está demasiado reducido el espacio.
Los dedos desabotonan con destreza el pantalón y liberan el camino.
Siente esas yemas dentro.
Encima de su piel, acariciando su pelvis, bajando entre la fina tela de la braguita empapada y su cuerpo.
Acarician su sexo, dibujan el contorno, su borde, sus labios inferiores.
Se estremece, tiembla, siente como la poseen.
¿Frío?
No
Ahora es un inmenso calor el que le invade.
Sus temblores no son de la temperatura, si no de su cuerpo, que está sometido a los estertores de la más pura entrega, de la cúspide del deseo en toda hembra.
Sigue en silencio, no habla. Su garganta no ha soltado ni el más leve sonido.
Sin embargo le duele la boca, el labio mordido, la lengua…
Está agotada.



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